ficción lúdica

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1955

Anaheim, California

El lugar más feliz del mundo

Es lo que en el barrio dicen un «traste inquieto». Ya amasó suficiente fortuna con las películas animadas y sus entrañables personajes como Mickey, Donald, Pluto, Minnie, Daisy, Goofy y Scrooge McDuck, estos dos últimos también llamados Tribilín y Tío Rico. El mundo entero sigue viendo sus films, lee sus libritos, compra sus muñecos y juguetes.

Pero Walt mira los balances de su imperio audiovisual, habla con sus contables, hace proyecciones y se convence. Tiene que diversificar su negocio o le espera una muerte horrible en la pobreza. Sabe que exagera, pero con solo pensarlo le da pánico.

Hace tiempo que le ronda una idea, como un mosquito. Quiere construir un parque de diversiones distinto a todo lo visto. Algo que sea como entrar al mundo de ensueño de sus películas. ¿Qué puede salir mal?

Recorre y analiza algunos parques de su país y hace un par de viajes al exterior. Le gustan un nuevo parque en Oakland, Children’s Fairyland, los antiguos Jardines de Tívoli de Copenhague y La República de los Niños en la ciudad de La Plata, Argentina. Pero de esto nadie-nadie-nadie debe enterarse. Él, Walter Elias Disney, no es un ser humano común y silvestre; es un creador ex nihilo, es Dios.

Las retroexcavadoras empiezan a mover tierra de un lado a otro un 21 de julio de 1954. Las sesenta y cinco hectáreas sostienen toneladas de cemento portland, miles de panes de césped, cientos de coníferas y un laguito que antes no estaba. Pintura, revestimiento y más detalles. Luego de un año de trabajo y 17 millones de dólares, Disneyland está por abrir sus puertas. Tiene cinco áreas temáticas: Main Street U.S.A., Adventureland, Frontierland, Fantasyland, Tomorrowland y ya habrá tiempo para abrir más. El 17 de julio, la cadena ABC transmite en vivo la apertura del parque donde Walt es el más parlanchín maestro de ceremonia. Invita a la crème de la crème, que acude sin falta entrando por la autopista que la trae desde Los Ángeles. Las playas de estacionamiento son gigantescas porque Walt quiere que el lugar más feliz del mundo sea la Meca de las familias norteamericanas, el Camino de Santiago, el Santo Sepulcro de los peregrinos motorizados. 

El camino de entrada conduce al castillo de la Bella Durmiente, porque para que la fantasía despierte hay que dormir a la razón.

Años después, en 1971, se inaugura en Orlando, Florida, en la otra punta de los Estados Unidos, el conglomerado de parques Walt Disney World. «Me hubiera gustado estar allí», masculla sin que nadie lo oiga. Walt hace años que yace incómodo en su sarcófago congelado.

 


Marvin Clock

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