1982
Ciudad del Milagro, Salta
Commodore 64 en el barrio
Puede haber un vecino, o un amigo, con suficiente pasta para conseguir que le compren una C64. Y entonces toda la cuadra se hace presente, equipada como corresponde: revistas con códigos de juegos para tipear –como la Micro Hobby o la Hobby Consolas– bolsa de galletitas, leche y gaseosas. La máquina es bien gorda, del tamaño de un pequeño pianito, de color beige, con las teclas que cubren buena parte de la superficie en un tono más oscuro y están escritas con letras y símbolos, como si fueran runas.
Está conectada al televisor, que hay que pedir en préstamo a la familia del anfitrión, así que el encuentro nunca sucede a la hora de la novela, so pena de matar de angustia a la abuela, o de tener que salir corriendo bajo una lluvia de chancletazos. Ya sólo que encienda y el corazón de acelera, porque la pantalla azul llama a la aventura con enormes caracteres celestes:
**** COMMODORE 64 BASIC V2 ****
64 K RAM SYSTEM 38911 BASIC BYTES FREE READY.
La pequeña computadora es un sueño. Dieciséis colores, un sonido cristalino, programas increíbles que se cargan mediante un Datasette (que se vende aparte y cuesta una fortuna). Los amigos pasan toda la tarde programando, unos dictan y otros tipean. No salen de la habitación mientras los dejan. Son disciplinados bajando un huevo sin romperlo a través de rampas y obstáculos –Gyroscope–, o jugando al ajedrez contra la máquina, o probando las novedades; y siempre cumplen con los debidos rituales: hay que rebobinar la cinta del cassette haciéndolo girar en una birome, se ajusta a oído el azimut hasta que suena así y no asá, se invoca a Cthulhu cuando los cortes de luz hacen perderlo todo.
