ficción lúdica

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1650

Maracaibo

Hay tantas leyes que todos merecemos la horca

Esteban dibuja en el papel una ele invertida y le hace una base cuadrada. La horca ya está emplazada. Piensa una palabra, esperando que Martín no la adivine. Escribe la inicial, la C, seguida de seis guiones, que son los espacios de las letras invisibles de su palabra secreta, y la cierra con la letra final, la E. 

C  __  __  __  __  __  __  E

—Eh, «M» de Martín –dice Martín.

—No. –Esteban dibuja un palito, que representa la soga, y un círculo donde iría la cabeza.

Durante toda la noche, en las mazmorras debajo de la Casa del Gobernador, el reo escucha los martillazos de los carpinteros. Están construyendo la plataforma de madera en el medio de la plaza, a metros de su celda. Con los primeros rayos del alba, lo oye venir, con su andar lento y pesado. Es el guardia de siempre, el mismo que le trae a diario un único tazón con agua medio sucia y un cuenco con un potaje difícil de pasar. Hace seis meses lo mismo. En la mano aferra el aro de hierro con las enormes llaves. Coloca una, gira y destraba el mecanismo. La reja chirría lastimera. Y salen. Tiene las piernas cansadas de tanto encierro. El guardia lo acompaña hasta los pies del patíbulo donde, a pesar de la hora, se juntó un pequeño tumulto de gente. Va a ser uno de esos espléndidos días del Caribe. 

—Una «S», seguro que va una «S». –Martín está seguro que esta vez sale buena.

—No, qué pena –miente Esteban. Y desde la cabeza hace un palito largo hacia abajo, el cuerpo.

El guardia le da un leve empujoncito, indicándole que suba. Arriba lo reciben tres personas. El verdugo lleva cubriéndole la cara una capucha oscura, que termina en punta como un bonete. Si no estuviera en tan penosa situación, la escena le resultaría cómica. Le dan ganas de reír, y casi lo hace hasta que ve los gestos adustos del cura y del temible gobernador de Maracaibo, Wan Guld. No es que vaya a tenerles miedo, no después de diez años de correrías por las Antillas a las órdenes de ese corsario severo pero incurablemente romántico. No. Pero esos semblantes avinagrados no entenderían su sentido del humor, cultivado a fuerza de ron y meses de encierro entre los mares. El humor es un buen antídoto contra la melancolía que provocan las aguas siempre iguales y el horizonte siempre quieto. 

—Ya sé, era obvio: «D». 

—No. –Dibuja dos palitos cortos que salen del cuerpo cerca de la cabeza. Así se forma el cuello y los brazos izquierdo y derecho.

Un larguísimo rosario de cuentas negras descansa enroscado en el brazo del cura, como una serpiente. Se distingue de la sotana negra porque brilla. El cura se acerca, mira al reo con ojos vacuos, hace unos extraños movimientos en el aire sobre su cabeza: ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. Y se retira disimulando el bostezo. Wan Guld se toma unos instantes para observarlo y demostrarle su desprecio. El gobernador tiene puesto su enorme sombrero de alerones anchos con pluma a la moda de Flandes. Unas botas altas que lo protegen hasta las rodillas, con cierto taco para elevarse un poco del suelo. Las calzas y la casaca con los finos encajes, el único detalle en blanco. Al igual que el cura, viste de negro. Parecen cuervos. Tal vez lo son.   

—Bueno, la «X». –Martín ya se reconoce perdedor y quiere acelerar la derrota. Esteban dibuja las dos piernas.

El verdugo le ajusta la soga al cuello con parsimonia. Sabe que el oficio requiere de cierta teatralidad. Que el tiempo se alargue y quede en suspenso por un rato siempre funciona. Se da cuenta, porque los murmullos se aplacan y parece que uno se metiera en una burbuja de silencio. Ningún ojo pestañea y las toses habituales se corrigen. El público valora estos momentos. 

—La «W» –su amigo le dibuja unos bonitos ojos abiertos–. Y la «Z».
–Martín está fastidiado.

—¡Perdiste! –grita Esteban como si la victoria lo hubiera tomado por sorpresa, y dentro de la cara dibuja una pronunciada «U» en el lugar de la boca. El monigote parece feliz.  

La puerta trampa que hay bajo sus pies se abre con un golpe seco. La gente da un grito ahogado. Algunas damas se dan vuelta impresionadas. Hipócritas, piensa el reo, mientras queda suspendido en el aire girando sobre sí mismo como si bailara una danza solitaria. Le aprieta el cuello, no puede respirar, y los ojos se le abren enormes. Saca la lengua a los presentes, con una mueca espantosa, irreverente como siempre. El reo por fin se ríe de todos. 

La palabra secreta es C U L P A B L E. 

 


Marvin Clock

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