Cirilo

La primera vez que le regalaron un animal, esperó a que lo dejaran solo y lo mató asfixiándolo con sus propias manos. El cachorro gritó apenas, pero Cirilo se sintió satisfecho y decidió intentarlo con presas más grandes. Así que al otro día degolló a su padre, un hombre de negocios al que jamás había estimado ni un poquito, y por la tarde envenenó a una tía vieja, de esas que sólo traen medias de regalo, aprovechando que había venido al velorio. Pensó también en liquidar a su hermana mayor y al más pequeño de la familia, hasta que uno de los mayordomos lo reprendió. Decidió hacerle caso. Tenía sólo seis años y era el heredero de la familia más poderosa del Termonúcleo, por lo que contaba con abundantes sirvientes para practicar.

A sus actuales 76 años, había borrado del mundo a una incontable cantidad de Desperfectos, parientes y otros seres repugnantes, incluyendo a algunos accionistas de la corporación. Cirilo despreciaba a los implantados. Él mismo no permitía ningún componente inorgánico en su cuerpo. La mezcla de carne humana y máquina era una aberración que no toleraba.Y una contradicción, decía, que estuviera al mando de un ejército de inmundos deshechos de una guerra en la que no había tenido nada que ver.

Cirilo era alto y huesudo. Una pronunciada joroba le daba un aspecto acechante. El cabello, ralo, le caía bajo los hombros como una llovizna, aunque en la coronilla lucía una calva lustrosa y salpicada de lunares. Le gustaba ir de blanco. Siempre vestía un traje de corte perfecto, hecho por los mejores sastres de Emithiopea. Usaba moños coloridos, pero el resto debía ser níveo. Y su oficina, un óvalo inmenso en la torre más alta de la ciudad de los magos, era blanca por todas partes: pisos, paredes, mobiliario, luces. Cada tanto, Cirilo mataba para ver cómo la sangre daba color. Pensaba que sólo un artista de su grandeza podía apreciar las figuras, los preciosos trazos, los mensajes que dejaban los muertos. Porque, además de aquellas flores líquidas, las figuras hablaban. Decían cosas para quien supiera escuchar. Y ahora estaban diciendo que era hora de comer. Las tripas le silbaban. Siempre tenía hambre después de pintar.

Cuando la doble puerta se deslizó para dejarle paso al Desperfecto DeLuxe que le traía la cena, Cirilo hizo una mueca de disgusto. El mayordomo pasó delante suyo, un poco tembloroso, y presionó el interruptor de la celda donde estaba Cleptomagnus. La tarea de su obeso hermanito consistía en probar la comida y ver si no estaba envenenada, en cuyo caso tenía que morirse. Hasta ahora, para alivio de Cirilo, eso no había pasado. Sería terrible para la familia.

Un crujido le llamó la atención. En el alféizar de la ventana se había posado un gigantesco pájaro de alas oscuras. Le gustaba el cuello de la criatura, blanco y esponjoso.

El viejo ha muerto —graznó con voz sintetizada.

Loco de rabia, Cirilo se abalanzó sobre el mayordomo.

 


«¡Desperfecto!, Capítulo II.

En el blog: La creación del villano

De: Diseño y narrativa interactiva (2020, en producción).

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